domingo, 24 de noviembre de 2019

Quinto pensamiento: Mujer, Violencia, Eliminación


Por María Rodríguez González-Moro
La semana pasada no escribí, no porque los pensamientos se hayan agotado, ¡¡¡qué va!!!, estaba inmersa en terminar uno de los proyectos que más ilusión me hace, publicar un libro sobre la profesión de detectives privados, y ya está casi todo listo para su publicación el 13 de diciembre. Pero aquí no es el lugar para hablar de esto.

El día 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, esta conmemoración fue acordada por resolución 54/134 de 17 de diciembre de 1999, de la Asamblea General de la ONU. La fecha fue elegida en recuerdo de tres hermanas dominicanas, que eran activistas políticas asesinadas por orden del dictador Trujillo un 25 de noviembre de 1960.

Anteriormente en 1993 la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en la que define esta como “Todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”.

En España se publicó la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Hoy no voy a comentar la Ley, ni las sucesivas leyes que tratan de dar protección a las mujeres y a los menores en este ámbito, ya habrá ocasión; tan solo quiero hacer un homenaje, un recuerdo a todas aquellas mujeres que están sufriendo violencia de género, una violencia por parte de la persona en la que han puesto su confianza, su amor y que en muchos casos lo pagan con su vida. 

Voy a reproducir un microrrelato que presenté el año pasado al concurso organizado por el Centro de Atención a Víctimas de Violencia de Género (CAVI), dependiente de la Concejalía de Política Social, Igualdad y Mujer, de Yecla.  (sin mucho éxito, he de reconocer). 

Con este relato quiero visibilizar a aquellas mujeres que creen que tienen que sobrellevar, por mil circunstancias, esa situación, esas mujeres que callan, que sufren en silencio, esas mujeres que no aparecen en las estadísticas y que son la parte sumergida del gran iceberg que es la violencia de género.

LA MALDICIÓN DE LA MUJER AMADA
Por María Rodríguez

Sacra era una mujer dulce, de esas cuya sonrisa es posible confundir con los amaneceres de la primavera.
Sus cuarenta y tantos años conseguían que su forma de mirar, de moverse, de resultar apacible, fueran mucho más que miradas, movimientos o sensaciones, porque así era ella, calma en estado puro.
Sus salidas no eran ocasionales, le encantaba el momento casi diario que pasaba con algunas amigas en una cafetería, tan antigua que la nostalgia se mezclaba en el ambiente con años y años de tertulias de media tarde. Las amigas de Sacra no eran muy diferentes a ella, edades similares a veces traen ideas parecidas y comportamientos esperados, pero si había algo que de verdad unía al grupo era esa posibilidad de saberse con la libertad de hablar de sus cosas sin necesidad de pensar antes lo que iban a decir, porque la libertad sin espontaneidad deja de serlo para convertirse en discurso acordado entre el sentir y el recto proceder impuesto.

A veces ocurría que, alguna de ellas, dejaba deslizar actitudes maritales provenientes de la intimidad que suponían un vuelco interno secreto en esa parte de la mente donde solo cada mujer puede entrar, y ese giro oculto venía dado por la comparativa con sus propias vidas, con la de cada una de ellas, en las que con demasiada frecuencia ni tan siquiera el oro era ya capaz de relucir. El marido que gritaba, el que daba golpes en la mesa, el que poseía cuando la llamada animal estaba por encima del deseo mutuo, el que andaba intentando claves para acceder a móvil ajeno sin necesidad de declaración notarial de separación de bienes, el que imponía la obligatoria belleza femenina sin mirar su propia barriga, el marido, siempre el marido terminaba ocupando gran parte de aquellas tertulias en las que, al final, pareciera que las únicas flores eran las pintadas a mano en unas preciosas tazas donde saboreaban sus cafés humeantes y dejaban escapar sus miedos.

Para sus adentros, aquellas mujeres de sonrisa floja que reflejaban la triste temática de sus vidas como un mal menor, pensaban que Sacra era una privilegiada, nunca habló mal de su vida, como si la primavera que reflejaba se hubiera quedado a vivir en su hogar. Todas querían ser ella sin decirlo, porque no se entendería que cualquiera no quisiera aspirar a una convivencia plena en la que un paseo por las nubes fuera más que una película.

Una de esas tardes de desahogo, terminado el café y las sonrisas, Sacra no pudo más, abrió su camisa, dos botones bastaron para demostrar que aquellos moratones eran más profundos que toda la felicidad imaginada.

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