Por María Rodríguez González-Moro
La semana pasada no escribí, no
porque los pensamientos se hayan agotado, ¡¡¡qué va!!!, estaba inmersa en
terminar uno de los proyectos que más ilusión me hace, publicar un libro sobre
la profesión de detectives privados, y ya está casi todo listo para su publicación
el 13 de diciembre. Pero aquí no es el lugar para hablar de esto.
El día 25 de noviembre se
conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la
Mujer, esta conmemoración fue acordada por resolución 54/134 de 17 de diciembre
de 1999, de la Asamblea General de la ONU. La fecha fue elegida en recuerdo de
tres hermanas dominicanas, que eran activistas políticas asesinadas por orden
del dictador Trujillo un 25 de noviembre de 1960.
Anteriormente en 1993 la Asamblea
General de la ONU aprobó la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia
contra la Mujer, en la que define esta como “Todo acto de violencia basado en
el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o
psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de
la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”.
En España se publicó la Ley
Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra
la Violencia de Género. Hoy no voy a comentar la Ley, ni las sucesivas leyes
que tratan de dar protección a las mujeres y a los menores en este ámbito, ya
habrá ocasión; tan solo quiero hacer un homenaje, un recuerdo a todas aquellas
mujeres que están sufriendo violencia de género, una violencia por parte de la
persona en la que han puesto su confianza, su amor y que en muchos casos lo
pagan con su vida.
Voy a reproducir un microrrelato que presenté
el año pasado al concurso organizado por el Centro de Atención a Víctimas de
Violencia de Género (CAVI), dependiente de la Concejalía de Política Social, Igualdad
y Mujer, de Yecla. (sin mucho éxito, he
de reconocer).
Con este relato quiero
visibilizar a aquellas mujeres que creen que tienen que sobrellevar, por mil
circunstancias, esa situación, esas mujeres que callan, que sufren en silencio,
esas mujeres que no aparecen en las estadísticas y que son la parte sumergida
del gran iceberg que es la violencia de género.
LA MALDICIÓN DE LA MUJER AMADA
Por María Rodríguez
Sacra era una mujer dulce, de
esas cuya sonrisa es posible confundir con los amaneceres de la primavera.
Sus
cuarenta y tantos años conseguían que su forma de mirar, de moverse, de
resultar apacible, fueran mucho más que miradas, movimientos o sensaciones,
porque así era ella, calma en estado puro.
Sus salidas no eran ocasionales,
le encantaba el momento casi diario que pasaba con algunas amigas en una
cafetería, tan antigua que la nostalgia se mezclaba en el ambiente con años y
años de tertulias de media tarde. Las amigas de Sacra no eran muy diferentes a
ella, edades similares a veces traen ideas parecidas y comportamientos
esperados, pero si había algo que de verdad unía al grupo era esa posibilidad
de saberse con la libertad de hablar de sus cosas sin necesidad de pensar antes
lo que iban a decir, porque la libertad sin espontaneidad deja de serlo para
convertirse en discurso acordado entre el sentir y el recto proceder impuesto.
A veces ocurría que, alguna de
ellas, dejaba deslizar actitudes maritales provenientes de la intimidad que
suponían un vuelco interno secreto en esa parte de la mente donde solo cada
mujer puede entrar, y ese giro oculto venía dado por la comparativa con sus
propias vidas, con la de cada una de ellas, en las que con demasiada frecuencia
ni tan siquiera el oro era ya capaz de relucir. El marido que gritaba, el que
daba golpes en la mesa, el que poseía cuando la llamada animal estaba por
encima del deseo mutuo, el que andaba intentando claves para acceder a móvil
ajeno sin necesidad de declaración notarial de separación de bienes, el que
imponía la obligatoria belleza femenina sin mirar su propia barriga, el marido,
siempre el marido terminaba ocupando gran parte de aquellas tertulias en las
que, al final, pareciera que las únicas flores eran las pintadas a mano en unas
preciosas tazas donde saboreaban sus cafés humeantes y dejaban escapar sus
miedos.
Para sus adentros, aquellas
mujeres de sonrisa floja que reflejaban la triste temática de sus vidas como un
mal menor, pensaban que Sacra era una privilegiada, nunca habló mal de su vida,
como si la primavera que reflejaba se hubiera quedado a vivir en su hogar.
Todas querían ser ella sin decirlo, porque no se entendería que cualquiera no
quisiera aspirar a una convivencia plena en la que un paseo por las nubes fuera
más que una película.
Una de esas tardes de desahogo,
terminado el café y las sonrisas, Sacra no pudo más, abrió su camisa, dos
botones bastaron para demostrar que aquellos moratones eran más profundos que
toda la felicidad imaginada.


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