domingo, 10 de noviembre de 2019

Cuarto Pensamiento: El cura, la cura, los curadores y otras rarezas

por María Rodríguez González-Moro

Las que me conocéis sabéis que soy un poco “rara”, y una de esas rarezas es “investigar” palabras que, por una u otra razón, han llamado mi atención; me encanta leer, de hecho soy lectora compulsiva, y eso me ha llevado a conocer el significado de palabras más allá de lo coloquial (no me refiero al más allá de la vida, no vayamos a herir sensibilidades). Tengo un amigo que es peor que yo, inventa palabros, y hemos pasado momentos inolvidables (soy rara, lo he advertido) dando rienda suelta a esta afición, y si esos momentos van acompañados de un buen vino (o incluso malo de tapón de rosca, no importa), la risa está asegurada. Recuerdo un día en especial, cuando le contaba que en el Máster de Historia de la Familia que estaba cursando tenía una compañera brasileira, un suizo y otro quechua, y muy tranquilamente él contestó que solo me faltaba un “mostazua”; eso derivó y derivó de tal manera que acabamos, bueno no voy a entrar en detalles, tan solo deciros que fue una de las noches que más me he reído, y más frío he pasado, a pesar de los vinos que llevábamos.

Isabel Solá
Pues bien, esta semana, no sé por qué, la palabra que me persigue es “cura”; recuerdo que hace años, muchos ya, leí que la palabra cura proviene del latín curatio, cuyo significado es cuidado, solicitud. Parece que fue sobre 1330 cuando esta palabra empezó a aplicarse al párroco por tener a su cargo el cuidado de las almas de los feligreses, algo que me parece muy lógico, pero eso me dio por pensar que, si los sacerdotes cuidan y sanan almas, las psicólogas y las psiquiatras deberían llamarse también curas porque cuidan y sanan las mentes, parece lógico ¿no? Pero no, resulta que cura es masculino en esta acepción, pues si lo hacemos en femenino la cosa cambia, la cura se refiere a la acción de curar, de hacer desaparecer una enfermedad, una herida o un daño físico a una persona, animal u otro tipo de organismo. La cura no es una mujer, no existe, aunque muchas mujeres que han tomado los hábitos y se dedican al cuidado de almas y cuerpos merecerían mucho más ser curas que alguno de los curas en masculino, pienso en Isabel Solá que perdió su vida en Haití curando cuerpos y almas, en Josela que recogió su testigo, en Marta que con su sonrisa cura todo y en tantas otras que no quieren reconocimientos, y a las que les da lo mismo cómo las denominen mientras las dejen dedicar su vida al cuidado de niños, ancianos, enfermos, personas desfavorecidas socialmente (o favorecidas pero que necesitan un repasito).

En esto iba yo, pensando y pensando, cuando me vino a la mente la curatela, ¡vaya tela! (no sé qué asociación de palabras he hecho), que de una manera sencilla podemos decir que es una institución jurídica que se ha establecido para la protección de determinadas personas; la persona que ha sido designada por una resolución judicial para ejercer dicha protección se denomina curador, si acudimos al diccionario de la RAE nos encontramos con esto: Del lat. curatoria, con cambio de suf. por analogía con tutela.1. f. curaduría. ¡¡¡OOOHHH!!! Otra palabreja más, apasionante esto de entrar en el diccionario, ahora tenemos que mirar que es una curaduría (uff, casi pongo caraduria); y me dice que es cargo de curador, y la noria comienza a girar, y volvemos al principio: al curador, a la persona que tiene cuidado de algo, que cura, persona designada por resolución judicial para complementar la capacidad de determinadas personas que la tiene limitada; y la última que nos abre otra línea más atractiva: persona que cura algo, como lienzos, pescados, carnes, etc. A este paso vamos a ser todos curadores, ¡¡¡¡¡¡Enri, sácame de este embrollo lingüístico¡¡¡¡¡ y asi, mientras intento salir de este lío que parece no tener cura, en mi cabeza no para de sonar la voz de mi amiga María Teresa, que siempre que en una de nuestras conversaciones amicales hacemos una afirmación de esas que sabemos que mañana tal vez pensemos otra cosa, termina con el refrán “Nunca digas de este agua no beberé” y lo completamos a dúo con “ni este cura no es mi padre”; aunque a partir de hoy tal vez adquiera más sentido esto último, pues su padre curaba lienzos y el mío cuerpos.

¡Qué malicia esconde esa ironía respecto a lo de “ni este cura no es mi padre”! Debe ser que a lo largo de los siglos muchos de ellos, los curas, han entendido que cuerpo y alma son entes inseparables a la hora de la curación, pero hoy no toca profundizar en ello, soy mala, pero no tanto como el curare.

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