domingo, 24 de noviembre de 2019

Sexto pensamiento: No matarás

Por María Rodríguez González-Moro

Para erradicar cualquier tipo de violencia es importantísima la educación, la educación a los niños y a las niñas. En el caso de la violencia de género hay que educar a nuestras hijas para que sepan valorarse, que nadie tiene derecho a usar ni su cuerpo ni su alma, a educarlas en la libertad, y en el respeto, en saber decir NO. Y a nuestros hijos hay que educarlos a valorarse, un hombre violento es un hombre débil, que no tienen derecho sobre el cuerpo y el alma de una mujer, a educarlos en el respeto, en la libertad y en saber que un NO es un NO. Nuestros hijos e hijas son el futuro, en nuestras manos está que esta lacra de la violencia de género disminuya hasta desaparecer.

Este relato intenta reflejar el sufrimiento de aquellas mujeres que deciden huir, escapar dejando todo atrás, construyéndose una nueva vida, una vida donde no la pueda alcanzar su pasado, o una muerte, pero que son incapaces de pedir ayuda.

MALDITA SONRISA.
Por María Rodríguez

Un cortado con leche fría. Un cigarrillo recién encendido. El periódico sobre la mesa. Un día como tantos otros. Un día donde el sol brilla, como casi todos los días. Un vistazo al reloj. Está tardando, hoy llega tarde. Todos los días de la semana son iguales, después de dejar a los niños en el colegio y antes de ir a trabajar, un café y una conversación en nuestra cafetería favorita a salvo de miradas indiscretas, una conversación, unas miradas, unas risas. Nuestra burbuja. Así era nuestra hora. Nuestra particular vida. Aquel día nada iba a ser igual. Los minutos avanzan y ella no aparece. ¿Estará enferma?  Nunca quiso darme su número de teléfono. Siempre respetamos nuestros espacios. Dentro de nuestra burbuja solo existimos nosotras, nada ni nadie cabe en ella, simplemente nosotras. El tiempo pasa inexorablemente. Tranquila. No pasa nada. Ayer…ayer estaba más silenciosa de lo normal. Y triste. Ayer estaba triste, con esa tristeza que sale desde muy dentro. Sus ojos, esos ojos vivos y chispeantes ante cualquier comentario mío, ayer, ayer no brillaban. El tiempo pasa. Aguanta. Aguanta las ganas de rozar sus manos sin querer, aguanta las ganas de besarla, de acariciar ese pelo corto, nunca me explicó por qué le gustaba llevar así el pelo, solo sonreía tristemente. En el trabajo. Sin noticias. El corazón palpita fuerte. Ha pasado algo, seguro. El estómago cerrado, no puedo comer nada. No me entero, parezco un fantasma. Las voces son solo ruido de fondo, sin sentido, sin contenido. Y sonrío. Maldita sonrisa. Llego al colegio. Me miran. Me acerco. Sonrío, sonrío. Maldita sonrisa. Ya en casa. Buenas noches cariño, ¿Qué tal el día? ¿sabes que Nieves, mi secretaria ha muerto? Era muy extraña, nadie sabía nada de su vida, tan callada siempre, tan servicial. Disimula, Adela, disimula. Un desgraciado accidente, fue a nadar a la playa, como todas las mañanas antes de ir a trabajar y la marea la engulló. Mi cabeza da vueltas, no entiende nada. Esa era nuestra hora, nuestro momento. IMPOSIBLE. Y sonrío, maldita sonrisa.

 Un cortado con leche fría. Un cigarrillo recién encendido. Un email que llega avisando con campanillas (tengo que cambiar este sonido). Querida Adela: Perdóname. No puedo huir más, él ha vuelto a encontrarme. Me lo quitó todo, mi vida, mi alma, mi dignidad. Te quise con mi corazón, lo único que aún conservaba. Perdóname.

La burbuja ha explotado. Son 3 euros. Y sonrío. Maldita sonrisa. 





Quinto pensamiento: Mujer, Violencia, Eliminación


Por María Rodríguez González-Moro
La semana pasada no escribí, no porque los pensamientos se hayan agotado, ¡¡¡qué va!!!, estaba inmersa en terminar uno de los proyectos que más ilusión me hace, publicar un libro sobre la profesión de detectives privados, y ya está casi todo listo para su publicación el 13 de diciembre. Pero aquí no es el lugar para hablar de esto.

El día 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, esta conmemoración fue acordada por resolución 54/134 de 17 de diciembre de 1999, de la Asamblea General de la ONU. La fecha fue elegida en recuerdo de tres hermanas dominicanas, que eran activistas políticas asesinadas por orden del dictador Trujillo un 25 de noviembre de 1960.

Anteriormente en 1993 la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en la que define esta como “Todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”.

En España se publicó la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Hoy no voy a comentar la Ley, ni las sucesivas leyes que tratan de dar protección a las mujeres y a los menores en este ámbito, ya habrá ocasión; tan solo quiero hacer un homenaje, un recuerdo a todas aquellas mujeres que están sufriendo violencia de género, una violencia por parte de la persona en la que han puesto su confianza, su amor y que en muchos casos lo pagan con su vida. 

Voy a reproducir un microrrelato que presenté el año pasado al concurso organizado por el Centro de Atención a Víctimas de Violencia de Género (CAVI), dependiente de la Concejalía de Política Social, Igualdad y Mujer, de Yecla.  (sin mucho éxito, he de reconocer). 

Con este relato quiero visibilizar a aquellas mujeres que creen que tienen que sobrellevar, por mil circunstancias, esa situación, esas mujeres que callan, que sufren en silencio, esas mujeres que no aparecen en las estadísticas y que son la parte sumergida del gran iceberg que es la violencia de género.

LA MALDICIÓN DE LA MUJER AMADA
Por María Rodríguez

Sacra era una mujer dulce, de esas cuya sonrisa es posible confundir con los amaneceres de la primavera.
Sus cuarenta y tantos años conseguían que su forma de mirar, de moverse, de resultar apacible, fueran mucho más que miradas, movimientos o sensaciones, porque así era ella, calma en estado puro.
Sus salidas no eran ocasionales, le encantaba el momento casi diario que pasaba con algunas amigas en una cafetería, tan antigua que la nostalgia se mezclaba en el ambiente con años y años de tertulias de media tarde. Las amigas de Sacra no eran muy diferentes a ella, edades similares a veces traen ideas parecidas y comportamientos esperados, pero si había algo que de verdad unía al grupo era esa posibilidad de saberse con la libertad de hablar de sus cosas sin necesidad de pensar antes lo que iban a decir, porque la libertad sin espontaneidad deja de serlo para convertirse en discurso acordado entre el sentir y el recto proceder impuesto.

A veces ocurría que, alguna de ellas, dejaba deslizar actitudes maritales provenientes de la intimidad que suponían un vuelco interno secreto en esa parte de la mente donde solo cada mujer puede entrar, y ese giro oculto venía dado por la comparativa con sus propias vidas, con la de cada una de ellas, en las que con demasiada frecuencia ni tan siquiera el oro era ya capaz de relucir. El marido que gritaba, el que daba golpes en la mesa, el que poseía cuando la llamada animal estaba por encima del deseo mutuo, el que andaba intentando claves para acceder a móvil ajeno sin necesidad de declaración notarial de separación de bienes, el que imponía la obligatoria belleza femenina sin mirar su propia barriga, el marido, siempre el marido terminaba ocupando gran parte de aquellas tertulias en las que, al final, pareciera que las únicas flores eran las pintadas a mano en unas preciosas tazas donde saboreaban sus cafés humeantes y dejaban escapar sus miedos.

Para sus adentros, aquellas mujeres de sonrisa floja que reflejaban la triste temática de sus vidas como un mal menor, pensaban que Sacra era una privilegiada, nunca habló mal de su vida, como si la primavera que reflejaba se hubiera quedado a vivir en su hogar. Todas querían ser ella sin decirlo, porque no se entendería que cualquiera no quisiera aspirar a una convivencia plena en la que un paseo por las nubes fuera más que una película.

Una de esas tardes de desahogo, terminado el café y las sonrisas, Sacra no pudo más, abrió su camisa, dos botones bastaron para demostrar que aquellos moratones eran más profundos que toda la felicidad imaginada.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Cuarto Pensamiento: El cura, la cura, los curadores y otras rarezas

por María Rodríguez González-Moro

Las que me conocéis sabéis que soy un poco “rara”, y una de esas rarezas es “investigar” palabras que, por una u otra razón, han llamado mi atención; me encanta leer, de hecho soy lectora compulsiva, y eso me ha llevado a conocer el significado de palabras más allá de lo coloquial (no me refiero al más allá de la vida, no vayamos a herir sensibilidades). Tengo un amigo que es peor que yo, inventa palabros, y hemos pasado momentos inolvidables (soy rara, lo he advertido) dando rienda suelta a esta afición, y si esos momentos van acompañados de un buen vino (o incluso malo de tapón de rosca, no importa), la risa está asegurada. Recuerdo un día en especial, cuando le contaba que en el Máster de Historia de la Familia que estaba cursando tenía una compañera brasileira, un suizo y otro quechua, y muy tranquilamente él contestó que solo me faltaba un “mostazua”; eso derivó y derivó de tal manera que acabamos, bueno no voy a entrar en detalles, tan solo deciros que fue una de las noches que más me he reído, y más frío he pasado, a pesar de los vinos que llevábamos.

Isabel Solá
Pues bien, esta semana, no sé por qué, la palabra que me persigue es “cura”; recuerdo que hace años, muchos ya, leí que la palabra cura proviene del latín curatio, cuyo significado es cuidado, solicitud. Parece que fue sobre 1330 cuando esta palabra empezó a aplicarse al párroco por tener a su cargo el cuidado de las almas de los feligreses, algo que me parece muy lógico, pero eso me dio por pensar que, si los sacerdotes cuidan y sanan almas, las psicólogas y las psiquiatras deberían llamarse también curas porque cuidan y sanan las mentes, parece lógico ¿no? Pero no, resulta que cura es masculino en esta acepción, pues si lo hacemos en femenino la cosa cambia, la cura se refiere a la acción de curar, de hacer desaparecer una enfermedad, una herida o un daño físico a una persona, animal u otro tipo de organismo. La cura no es una mujer, no existe, aunque muchas mujeres que han tomado los hábitos y se dedican al cuidado de almas y cuerpos merecerían mucho más ser curas que alguno de los curas en masculino, pienso en Isabel Solá que perdió su vida en Haití curando cuerpos y almas, en Josela que recogió su testigo, en Marta que con su sonrisa cura todo y en tantas otras que no quieren reconocimientos, y a las que les da lo mismo cómo las denominen mientras las dejen dedicar su vida al cuidado de niños, ancianos, enfermos, personas desfavorecidas socialmente (o favorecidas pero que necesitan un repasito).

En esto iba yo, pensando y pensando, cuando me vino a la mente la curatela, ¡vaya tela! (no sé qué asociación de palabras he hecho), que de una manera sencilla podemos decir que es una institución jurídica que se ha establecido para la protección de determinadas personas; la persona que ha sido designada por una resolución judicial para ejercer dicha protección se denomina curador, si acudimos al diccionario de la RAE nos encontramos con esto: Del lat. curatoria, con cambio de suf. por analogía con tutela.1. f. curaduría. ¡¡¡OOOHHH!!! Otra palabreja más, apasionante esto de entrar en el diccionario, ahora tenemos que mirar que es una curaduría (uff, casi pongo caraduria); y me dice que es cargo de curador, y la noria comienza a girar, y volvemos al principio: al curador, a la persona que tiene cuidado de algo, que cura, persona designada por resolución judicial para complementar la capacidad de determinadas personas que la tiene limitada; y la última que nos abre otra línea más atractiva: persona que cura algo, como lienzos, pescados, carnes, etc. A este paso vamos a ser todos curadores, ¡¡¡¡¡¡Enri, sácame de este embrollo lingüístico¡¡¡¡¡ y asi, mientras intento salir de este lío que parece no tener cura, en mi cabeza no para de sonar la voz de mi amiga María Teresa, que siempre que en una de nuestras conversaciones amicales hacemos una afirmación de esas que sabemos que mañana tal vez pensemos otra cosa, termina con el refrán “Nunca digas de este agua no beberé” y lo completamos a dúo con “ni este cura no es mi padre”; aunque a partir de hoy tal vez adquiera más sentido esto último, pues su padre curaba lienzos y el mío cuerpos.

¡Qué malicia esconde esa ironía respecto a lo de “ni este cura no es mi padre”! Debe ser que a lo largo de los siglos muchos de ellos, los curas, han entendido que cuerpo y alma son entes inseparables a la hora de la curación, pero hoy no toca profundizar en ello, soy mala, pero no tanto como el curare.