Para erradicar cualquier tipo de
violencia es importantísima la educación, la educación a los niños y a las
niñas. En el caso de la violencia de género hay que educar a nuestras hijas para
que sepan valorarse, que nadie tiene derecho a usar ni su cuerpo ni su alma, a
educarlas en la libertad, y en el respeto, en saber decir NO. Y a nuestros
hijos hay que educarlos a valorarse, un hombre violento es un hombre débil, que
no tienen derecho sobre el cuerpo y el alma de una mujer, a educarlos en el
respeto, en la libertad y en saber que un NO es un NO. Nuestros hijos e hijas
son el futuro, en nuestras manos está que esta lacra de la violencia de género
disminuya hasta desaparecer.
Este relato intenta
reflejar el sufrimiento de aquellas mujeres que deciden huir, escapar dejando
todo atrás, construyéndose una nueva vida, una vida donde no la pueda alcanzar
su pasado, o una muerte, pero que son incapaces de pedir ayuda.
MALDITA SONRISA.
Por María Rodríguez
Un cortado con leche fría. Un
cigarrillo recién encendido. El periódico sobre la mesa. Un día como tantos
otros. Un día donde el sol brilla, como casi todos los días. Un vistazo al
reloj. Está tardando, hoy llega tarde. Todos los días de la semana son iguales,
después de dejar a los niños en el colegio y antes de ir a trabajar, un café y
una conversación en nuestra cafetería favorita a salvo de miradas indiscretas,
una conversación, unas miradas, unas risas. Nuestra burbuja. Así era nuestra
hora. Nuestra particular vida. Aquel día nada iba a ser igual. Los minutos
avanzan y ella no aparece. ¿Estará enferma?
Nunca quiso darme su número de teléfono. Siempre respetamos nuestros
espacios. Dentro de nuestra burbuja solo existimos nosotras, nada ni nadie cabe
en ella, simplemente nosotras. El tiempo pasa inexorablemente. Tranquila. No
pasa nada. Ayer…ayer estaba más silenciosa de lo normal. Y triste. Ayer estaba
triste, con esa tristeza que sale desde muy dentro. Sus ojos, esos ojos vivos y
chispeantes ante cualquier comentario mío, ayer, ayer no brillaban. El tiempo
pasa. Aguanta. Aguanta las ganas de rozar sus manos sin querer, aguanta las
ganas de besarla, de acariciar ese pelo corto, nunca me explicó por qué le
gustaba llevar así el pelo, solo sonreía tristemente. En el trabajo. Sin
noticias. El corazón palpita fuerte. Ha pasado algo, seguro. El estómago
cerrado, no puedo comer nada. No me entero, parezco un fantasma. Las voces son
solo ruido de fondo, sin sentido, sin contenido. Y sonrío. Maldita sonrisa. Llego
al colegio. Me miran. Me acerco. Sonrío, sonrío. Maldita sonrisa. Ya en casa.
Buenas noches cariño, ¿Qué tal el día? ¿sabes que Nieves, mi secretaria ha
muerto? Era muy extraña, nadie sabía nada de su vida, tan callada siempre, tan
servicial. Disimula, Adela, disimula. Un desgraciado accidente, fue a nadar a la
playa, como todas las mañanas antes de ir a trabajar y la marea la engulló. Mi
cabeza da vueltas, no entiende nada. Esa era nuestra hora, nuestro momento.
IMPOSIBLE. Y sonrío, maldita sonrisa.
Un cortado con leche fría. Un cigarrillo
recién encendido. Un email que llega avisando con campanillas (tengo que
cambiar este sonido). Querida Adela: Perdóname. No puedo huir más, él ha vuelto
a encontrarme. Me lo quitó todo, mi vida, mi alma, mi dignidad. Te quise con mi
corazón, lo único que aún conservaba. Perdóname.



