lunes, 14 de octubre de 2019

Primer pensamiento: ¿locura o lucidez?

                                                                                    Por María Rodríguez González-Moro

Desde pequeña siento una especial atracción por el campo, por la naturaleza, herencia de mi padre quien nos descubrió que la vida estaba hecha de pequeños momentos pasados en soledad, en comunión con la tierra. Pero la vida me llevó a vivir en la ciudad, en aquellos momentos el campo era solo para vacaciones y para reencontrarme a mí misma cuando me sentía perdida.

Durante la infancia vivimos en la calle San José y luego en la calle San Pascual, mi madre no entendía, ni entiende, esta pasión nuestra por vivir en el campo y mi padre, siempre generoso, se plegó a sus deseos. Cuando tuve que decidir dónde estudiar me fui a Murcia, a la Residencia Oblatas en la plaza de La Merced, frente a la facultad de Derecho (algún día contaré las anécdotas de ese periodo).

Ya de adulta (uff, ¡qué grande veo esa palabra!) me quedé en la misma zona, en pleno centro estudiantil de Murcia, rodeada de bares y fotocopiadoras, donde las noches se llenan de jóvenes gritones, botelleo en las esquinas y gente con los sentidos alterados, mezclado todo con el ruido de las maquinas limpiadoras y el sonido de escobas de los barrenderos limpiando los restos de esas fiestas, excesos que mañana se repetirán como en una noria que no tiene fin.

Dicho así parece que me quejo de la zona donde vivo, pero nada más lejos de la realidad, me encanta salir y encontrarme con estudiantes en Iberos, funcionarias que van a desayunar a El Togo, con una plaza llena de gente en todo momento, donde no es necesario mirar el reloj para saber la hora, basta con mirar las mesas, si hay tazas y tostadas de tomate las 11h., si hay quintos de Estrella de Levante hora del aperitivo, si además las conversaciones son más ruidosas y la gente más joven las 20:00 horas, salida de la universidad, si en las mesas se confunden las cervezas con las copas, hora de volver a casa a ponerse el pijama.

Siempre vuelvo a Yecla en las fiestas, vacaciones y algún fin de semana, nunca he desconectado de mi ciudad natal, aquí están las personas a las que quiero, mi familia… y a mis hijos no les importa venir, al contrario, les he infundido ese amor que me inculcó mi padre por la tierra, por nuestros orígenes a los que nunca hay que renunciar.

Este año he decidido venir a vivir a Yecla, mi casa está en el Cerrico de la Fuente; para algunas personas es una locura que viva en el campo, sola y sin coche, pero como soy de ir contracorriente no me ha importado coger la maleta y la perra e instalarme aquí, y hoy, después de mi paseo matutino bajo la niebla, he decidido plasmar mis pensamientos en este blog para haceros participes de mi experiencia, de la experiencia de una libra loca (del 5 de octubre) que después de más de 30 años viviendo en plena vorágine decide trasladarse a un lugar donde la despierta el trinar de los pájaros, un lugar en el que al abrir la ventana descubre entre los pinos el Cerro del Castillo, donde los tacones han sido sustituidos por zapatillas, y los paseos por la ciudad por una caminata teniendo la Magdalena como referente. Y algo muy importante que olvidaba: mi perra Milka puede perseguir conejos y no monopatines.

¿Locura o lucidez? El paso del tiempo lo decidirá.

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