Por María
Rodríguez González-Moro
Desde pequeña
siento una especial atracción por el campo, por la naturaleza, herencia de mi
padre quien nos descubrió que la vida estaba hecha de pequeños momentos pasados
en soledad, en comunión con la tierra. Pero la vida me llevó a vivir en la
ciudad, en aquellos momentos el campo era solo para vacaciones y para
reencontrarme a mí misma cuando me sentía perdida.
Durante la
infancia vivimos en la calle San José y luego en la calle San Pascual, mi madre
no entendía, ni entiende, esta pasión nuestra por vivir en el campo y mi padre,
siempre generoso, se plegó a sus deseos. Cuando tuve que decidir dónde estudiar
me fui a Murcia, a la Residencia Oblatas en la plaza de La Merced, frente a la
facultad de Derecho (algún día contaré las anécdotas de ese periodo).
Ya de adulta (uff,
¡qué grande veo esa palabra!) me quedé en la misma zona, en pleno centro estudiantil
de Murcia, rodeada de bares y fotocopiadoras, donde las noches se llenan de
jóvenes gritones, botelleo en las esquinas y gente con los sentidos alterados,
mezclado todo con el ruido de las maquinas limpiadoras y el sonido de escobas
de los barrenderos limpiando los restos de esas fiestas, excesos que mañana se
repetirán como en una noria que no tiene fin.
Dicho así parece
que me quejo de la zona donde vivo, pero nada más lejos de la realidad, me
encanta salir y encontrarme con estudiantes en Iberos, funcionarias que van a
desayunar a El Togo, con una plaza llena de gente en todo momento, donde no es
necesario mirar el reloj para saber la hora, basta con mirar las mesas, si hay
tazas y tostadas de tomate las 11h., si hay quintos de Estrella de Levante hora
del aperitivo, si además las conversaciones son más ruidosas y la gente más
joven las 20:00 horas, salida de la universidad, si en las mesas se confunden
las cervezas con las copas, hora de volver a casa a ponerse el pijama.
Siempre vuelvo a
Yecla en las fiestas, vacaciones y algún fin de semana, nunca he desconectado
de mi ciudad natal, aquí están las personas a las que quiero, mi familia… y a
mis hijos no les importa venir, al contrario, les he infundido ese amor que me
inculcó mi padre por la tierra, por nuestros orígenes a los que nunca hay que renunciar.
Este año he
decidido venir a vivir a Yecla, mi casa está en el Cerrico de la Fuente; para
algunas personas es una locura que viva en el campo, sola y sin coche, pero
como soy de ir contracorriente no me ha importado coger la maleta y la perra e
instalarme aquí, y hoy, después de mi paseo matutino bajo la niebla, he decidido
plasmar mis pensamientos en este blog para haceros participes de mi
experiencia, de la experiencia de una libra loca (del 5 de octubre) que después
de más de 30 años viviendo en plena vorágine decide trasladarse a un lugar
donde la despierta el trinar de los pájaros, un lugar en el que al abrir la
ventana descubre entre los pinos el Cerro del Castillo, donde los tacones han
sido sustituidos por zapatillas, y los paseos por la ciudad por una caminata teniendo
la Magdalena como referente. Y algo muy importante que olvidaba: mi perra Milka
puede perseguir conejos y no monopatines.
Todo lucidez María!! Me encanta 😍
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