jueves, 31 de octubre de 2019

Tercer pensamiento: De muertos y negocios

 por María Rodríguez González-Moro

Siempre, desde pequeña he sentido una atracción especial por las cosas de muertos, por la muerte, sus ritos y el sentido de la vida (que hoy no viene a cuento). Mi interés por estos asuntos comenzó cuando murió mi abuelo Miguel, recuerdo la nieve, a mi padre afeitándose el bigote con un cartoncillo (siempre me maravillaba como lo hacía), el grito de mi madre, a mi padre salir corriendo y yo detrás, directos a casa del abuelo, a este tumbado en la cama, las caras descompuestas y a alguien echándome de la habitación. Después de este suceso, recordaba a mi abuelo en la cama inerte, sin ninguna expresión, y decidí no volver a ver a nadie muerto, quería recordarlos vivos, quería recordar las manos frías del abuelo cuando nos sacaba las almendras de las orejas en un maravilloso truco de magia, su tranquilidad, su voz y sobre todo su bondad. No me dejaron ir al cementerio, con lo cual eso era una visita que debía hacer antes o después. Recuerdo, pasados unos años, que fui con mi grupo de amigas, casi a escondidas, a ver ese lugar prohibido; recuerdo que me cautivó, un sitio tranquilo, silencioso, triste; leer las lápidas era como vulnerar la intimidad de esa persona; nació, murió, a mi querido esposo, esposa, tus hijos, nietos no te olvidan, subió al cielo.

En Murcia, en estas fechas en el Museo de la Ciudad hay un recorrido por las moradas de los muertos, y claro allí fui yo a escuchar y ver. Desde los ritos funerarios de la prehistoria hasta la actualidad, interesantísimo; me enteré que una de las primeras lápidas con dedicatoria está en el cementerio de Yecla, lo recoge un juez llamado Rafael Talón Soriano en una publicación llamada “Copia del cementerio de Yecla” (1892). El autor recoge todos los epitafios, destacando esta que a mí me gusta muchísimo, porque glosa la muerte y la vida del morador de esa tumba “Cual el tiro que le hiere / y el viento es de ligero / así Don. Antonio Herrero / es herido y así muere. / Para que el lector se entere / del sitio donde reposa / se ha colocado esta losa / oferta del sentimiento / y del dolor complemento / por sus padres y su esposa[1]. He buscado ese nicho, pero no lo he encontrado, aunque no cejo en el empeño.

Todo lo que he comentado anteriormente es una mera introducción, el pensamiento viene ahora (ja, ja, ja). Mi atracción infantil y juvenil por los muertos, por los ritos funerarios, han dado lugar a un pensamiento mucho menos prosaico: el negocio de morirse. Si, la muerte también es un nicho de mercado, nunca mejor dicho. Morirse está rodeado de negocios, mi hermano José Miguel siempre dijo que aquí en Yecla sería un buen negocio poner un tanatorio, y es cierto. Siempre se muere gente, es un negocio que no tiene fin (humor negro que tengo esta mañana), pero ¿y los demás negocios que se mueven alrededor? Las compañías de seguros, recuerdo cuando era pequeña a mi abuela y sus amigas hablando de pagar el cupón de los muertos; la compra de nichos o alquiler, que también se alquilan y además los tienen con vistas bonitas, que son más caros que sin vistas (¡qué narices le importa al muerto!!!!!). 

En Yecla se han desahuciado a los que no pagaban el alquiler, con aviso público y notificación en los nichos. ¿Vulneración de la intimidad?, no importa, “la pela es la pela”. Alucinante, ni muertos nos dejan descansar en paz (humor de hoy). Cuando se muere un familiar, con toda tu tragedia encima debes decidir el ataúd, de madera de pino, de caoba…, y si no tienes nicho debes alquilar o comprar, ¿qué hago?, ¿lo alquilo no vaya a ser que más tarde no le gusten las vistas?, ¿lo compro y es una inversión de por vida? (menudo humor tengo hoy). Y la esquela ¿qué contar en la esquela?, ¿a quién quiere poner?, ¿quiere que aparezca en el periódico?, ¿en cuál? ¿Y flores?, ¿quiere corona? ¿corona? Sí señora, una corona de muerto, ¡¡Noooo!!, quiero un ramo de novia, no te jode, a mí que me cuenta, yo no quiero ataúd, no quiero esquela, no quiero flores no quiero que se lo lleven, solo quiero estar sola con mi pena y que me dejen pensar, luego ya decidiré. 

Y pasado este trago, toca otro, el tanatorio (más negocio), antes en las casas era algo más “humano” pero menos práctico, ahora vamos a lo práctico, ya está muerto qué más da dónde se vele. Y ese es un día de contrastes, de lloros y risas, de reencuentros en los que no sabes si alégrate porque hace mil años que no ves a esa persona o llorar porque es necesario que alguien muera para volver a verla; qué cantidad de chistes y de anécdotas se cuentan en los velatorios, como queriendo ahuyentar a la de la guadaña, qué extraña es la naturaleza humana que no quiere aceptar lo que es avisado el mismo día del nacimiento. Aquí también hay un nicho de mercado comprobado en las últimas visitas a estos; ya no hay rezadoras, ya no están esas vecinas que armadas de rosario iban a acompañar a los deudos y rezaban, y rezaban; y en una de estas visitas me dio por pensar que sería un buen negocio ser “rezadora de rosario”, ese servicio debería estar contemplado por las funerarias (ahí va la idea, quiero derechos de propiedad intelectual).

Y la incineración, eso es lo mejor, alrededor de esta sí que está surgiendo negocios; qué hacer con las cenizas, no podemos quedarnos con la urna y en cada cambio de casa llevarla a cuesta, o que se caiga o que nos la roben, no, no, no. Hay mil ideas bonitas, todas previo pago, claro; desde la más habitual que es depositarlas en un columbario o un nicho, hasta esparcirlas en el mar, por el aire desde un globo, o plantar un árbol (esta me encanta, hijos ya sabéis). Pero hay verdaderas obras de arte, os lo juro. Una empresa te hace diamantes, o esas cenizas las guardas en una joya, algo así como un camafeo, que digo yo que deben ser varios porque imagina si las pones todas en uno tienes que hacer pesas para llevarlo; fundir cristales y hacer una escultura, pero atención la empresa te avisa que si bien puedes elegir cómo la quieres (más caras), te ofrece unas predefinidas, como los muebles de IKEA que vas a las casas y todos tenemos un cojín o un módulo igual. Y qué me decís de pintar un cuadro, bonito, ¿no? Resulta que te ofrecen pintar la imagen de tu ser querido y ¿si no sale favorecido? seguro que por la noche sale del cuadro y me tira del pie derecho.  Y la última que he leído, (esta es muy buena y cara) enviarlas al espacio, ponerlas en un cohete y enviarlas a la estratosfera donde ¡¡¡¡ BUUUUUMMMMM!!!!  y las cenizas se esparcirán por todos sitios ¡¡¡¡ Dios santo!!!! Eso sí es tener mala leche.

En fin, que es el día de los muertos, de los difuntos, de todos los santos y los cementerios están súper bonitos, están llenos de vida (y de muerte), que la vida solo es un paso más hacia la muerte y que solo quedan restos biológicos, que nuestros seres queridos siempre estarán a nuestro lado, porque la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma (que cursilada acabo de escribir). Y que hacer negocios está muy bien, pero que no hay que aprovecharse de los momentos de dolor, ni de alegría (que de todo hay en la viña del señor).



[1]Espacios funerarios, arquitectura, narrativa y rito en el ámbito de Yecla. (Región de Murcia) Francisco Javier DELICADO MARTÍNEZ Universitat de Valencia

lunes, 21 de octubre de 2019

Segundo pensamiento: Domingo lluvioso

Por María Rodríguez González-Moro

Hoy ha amanecido con lluvia, me encantan los días lluviosos con un té humeante en las manos apoyada en la puerta de casa mientras cae esa lluvia fina, es uno de esos momentos en los que mi mente recorre mil un recovecos, donde mis pensamientos pasan por todo lo imaginable e inimaginable.

Mientras paseaba bajo el agua pensaba en las muchas cosas que tenía pendientes: cambiar la ropa, llevar la leña a casa, terminar un trabajillo, corregir otro, ayudar a mi hermana, estudiar un tema nuevo… pero todo ha quedado en un segundo plano por un desayuno tranquilo y una conversación relajada con mi hermano. Después, una vez a solas con mis pensamientos, estos comienzan a tener vida propia.

El domingo siempre me ha dado paz, da igual la época del año, el lugar o las personas que me rodean; el domingo, y más si es lluvioso, se presta a hacer cosas distintas, más relajada, sin horarios; hasta que llega la noche y se transforma, se convierte en solitario, en tristón. No sé si a vosotras os pasará lo mismo, pero esas tardes noches de domingo siempre son tristes, bien porque debes preparar las cosas para el lunes, porque se van tus hijos, porque no has hecho ni la mitad de las cosas que querías hacer, o porque te lo has pasado tan bien, tan a gusto, que no quieres que termine. Pero bueno, dejemos la melancolía y vayamos al pensamiento.

Pensaba en una frase de Roger Miller, que leí hace mucho tiempo y hoy he recordado: “Algunas personas caminan bajo la lluvia, otras simplemente se mojan”. Nunca he entendido muy bien este pensamiento ¿qué quiere decir? Tengo dos versiones, o dos explicaciones (¡¡recordar que soy libra!!). ¿Las personas que caminan bajo la lluvia son las que no saben disfrutar de la vida y las que se mojan son aquellas que se implican, que viven con intensidad? O ¿Las personas que caminan bajo la lluvia son las que disfrutan de ese paseo, de esa lluvia y las que se mojan son las que no saben disfrutar, las que solo ven problemas e inconvenientes en todo sitio?

 Por una parte, parece que pasear bajo la lluvia es pasar por la vida sin pena ni gloria, caminar por un sendero marcado donde no nos damos cuenta de las cosas que nos rodean y se salen de nuestro camino. Y mojarse significa que pasamos por la vida implicándonos, disfrutando de todo lo que nos rodea, sin importarnos las consecuencias. ¿Quiénes somos nosotras? ¿Aquellas mujeres que caminan bajo la lluvia, sin mojarse, con la cabeza gacha intentando que la vida, la lluvia, resbale por su impermeable o su paraguas? O ¿aquellas mujeres que se mojan, mujeres que en cada paso que dan ponen toda su fuerza, toda su energía en avanzar, mujeres que saltan ante las injusticias, mujeres que se despeinan, mujeres que se mojan en todo y por todos?

La otra explicación es totalmente distinta pero igual en el fondo, pasear bajo la lluvia significaría recorrer un camino disfrutando de ese paseo, sin importarnos la lluvia, los problemas, sabiendo que la vida es eso, días de lluvia y días de sol, y que hay que saber afrontar ambos con una sonrisa, con fuerza y energía. Mojarse, en este caso, significaría que cuando llueve no nos damos cuenta de la belleza que hay en esa lluvia, que es necesaria para la vida que, si cae en un pedregal, este al tiempo florecerá, que la tierra sin agua es tierra inútil, que los problemas que la vida nos trae nos hacen daño pero somos incapaces de superarlos, de afrontarlos, dejando que nos mojen y nos hagan daño, sin ver una salida, o sin ver que esos problemas forman parte de la vida y que depende de cómo los aceptemos nos harán más o menos daño.

Pero nada es blanco o negro, la vida no es solo de caminar o de mojarse en unos momentos de nuestra vida, vivimos sin darnos cuenta de las cosas que nos perdemos por no detenernos, por no mirar hacia arriba por miedo a mojarnos y otras veces nos mojamos tanto y tanto que perdemos de vista aquello que verdaderamente importa. Que unas veces la vida pasa por nosotras sin apenas tocarnos, que somos incapaces de disfrutar de una buena comida, un buen vino, una buena conversación o un buen libro, porque estamos inmersas en un problema, sin ver más allá. Que la vida está para disfrutarla, traiga lo que traiga, que no pasa nada por mostrarnos débiles, o fuertes; que podemos reír a carcajadas o simplemente sonreír; llorar a solas o en compañía, siempre que sean lágrimas y risas verdaderas no importa lo que hagamos mientras vivamos la vida tal y como la sintamos en cada momento y, sobre todo, que nunca podamos decir que no hemos vivido con intensidad.

lunes, 14 de octubre de 2019

Primer pensamiento: ¿locura o lucidez?

                                                                                    Por María Rodríguez González-Moro

Desde pequeña siento una especial atracción por el campo, por la naturaleza, herencia de mi padre quien nos descubrió que la vida estaba hecha de pequeños momentos pasados en soledad, en comunión con la tierra. Pero la vida me llevó a vivir en la ciudad, en aquellos momentos el campo era solo para vacaciones y para reencontrarme a mí misma cuando me sentía perdida.

Durante la infancia vivimos en la calle San José y luego en la calle San Pascual, mi madre no entendía, ni entiende, esta pasión nuestra por vivir en el campo y mi padre, siempre generoso, se plegó a sus deseos. Cuando tuve que decidir dónde estudiar me fui a Murcia, a la Residencia Oblatas en la plaza de La Merced, frente a la facultad de Derecho (algún día contaré las anécdotas de ese periodo).

Ya de adulta (uff, ¡qué grande veo esa palabra!) me quedé en la misma zona, en pleno centro estudiantil de Murcia, rodeada de bares y fotocopiadoras, donde las noches se llenan de jóvenes gritones, botelleo en las esquinas y gente con los sentidos alterados, mezclado todo con el ruido de las maquinas limpiadoras y el sonido de escobas de los barrenderos limpiando los restos de esas fiestas, excesos que mañana se repetirán como en una noria que no tiene fin.

Dicho así parece que me quejo de la zona donde vivo, pero nada más lejos de la realidad, me encanta salir y encontrarme con estudiantes en Iberos, funcionarias que van a desayunar a El Togo, con una plaza llena de gente en todo momento, donde no es necesario mirar el reloj para saber la hora, basta con mirar las mesas, si hay tazas y tostadas de tomate las 11h., si hay quintos de Estrella de Levante hora del aperitivo, si además las conversaciones son más ruidosas y la gente más joven las 20:00 horas, salida de la universidad, si en las mesas se confunden las cervezas con las copas, hora de volver a casa a ponerse el pijama.

Siempre vuelvo a Yecla en las fiestas, vacaciones y algún fin de semana, nunca he desconectado de mi ciudad natal, aquí están las personas a las que quiero, mi familia… y a mis hijos no les importa venir, al contrario, les he infundido ese amor que me inculcó mi padre por la tierra, por nuestros orígenes a los que nunca hay que renunciar.

Este año he decidido venir a vivir a Yecla, mi casa está en el Cerrico de la Fuente; para algunas personas es una locura que viva en el campo, sola y sin coche, pero como soy de ir contracorriente no me ha importado coger la maleta y la perra e instalarme aquí, y hoy, después de mi paseo matutino bajo la niebla, he decidido plasmar mis pensamientos en este blog para haceros participes de mi experiencia, de la experiencia de una libra loca (del 5 de octubre) que después de más de 30 años viviendo en plena vorágine decide trasladarse a un lugar donde la despierta el trinar de los pájaros, un lugar en el que al abrir la ventana descubre entre los pinos el Cerro del Castillo, donde los tacones han sido sustituidos por zapatillas, y los paseos por la ciudad por una caminata teniendo la Magdalena como referente. Y algo muy importante que olvidaba: mi perra Milka puede perseguir conejos y no monopatines.

¿Locura o lucidez? El paso del tiempo lo decidirá.